Melquiades
Villarreal Castillo
El hombre, desde sus orígenes, ha anhelado una vida
tranquila y feliz en la cual puedan coexistir la confianza y los buenos
sentimientos. Todo pareciera, sin
embargo, que su aspiración no resulta viable debido a la posible presencia de
un gen o una especie de chip que lo predispone a la maldad, pues no estoy tan
seguro acerca de que si somos humanos que nos comportamos como máquinas o somos
máquinas que fingimos ser humanos.
Lo que sí me es dable afirmar es que, del
mismo modo que la ambición y el delito son especies de deus ex machina que mueven el mundo, variedad de combustible que
hace andar el desarrollo y la economía consumista y competitiva en la que nos
toca convivir, un mundo que en menos de un siglo ha hecho más estragos que el
meteorito aquel que, según los científicos, casi destruye el planeta en su totalidad
hace sesenta y cinco millones de años.
Lo que pretendo decir, palabras más
palabras menos, es que sin la envidia no tendríamos un mundo tal y cual lo
conocemos; menos una literatura y otras manifestaciones artísticas tan
enriquecidas como las que podemos disfrutar hoy desde la comodidad del hogar en
diversos soportes, entre los que se destaca el (la) internet.
Javier
Medina Bernal, valiéndose de elementos simplistas, cotidianos en extremos,
bosquejos del mundo, construye en su cuento Estrellita
presente en su libro No estar loco es la
muerte, ganador del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró, sección
cuento en el año 2013, un relato decidor, realista (aunque la realidad tratada
se enfocan sobre la base de la envidia y la hipocresía), en el cual despeja una
serie de interrogantes que han roto la cabeza, no solo de los escritores
panameños, sino también de otros lares, pues, como ya he señalado, existe una
deshumanización del arte (al decir de Ortega y Gasset) y de la ciencia,
agregaría yo, pues lo único importante en el mundo es producir un producto
(valga el acusativo interno, redundancia para el purista que lo desee) que se
venda y genere pingües ganancias, que pugne con productos de calidad sin
importar las condiciones de la competencia; todo se reduce en producir dinero a
como dé lugar para –víctimas de un consumismo salvaje– invertirlo en
excentricidades que, a la postre, no mejoran en nada la actualidad de los
semejantes y lo que resulta peor, es que, en alguna medida, contribuyen con la
propia destrucción de sus beneficiados.
La
envidia es un sentimiento nocivo, mas si se maquilla con los afeites de la
hipocresía que lo limita al grado de que todos quieren ver bien a los demás,
eso sí no más bien que a ellos mismos; el envidioso en el fondo necesita que su
competencia sea buena, pero no más buena que ellos, con la finalidad de
establecer un parangón que permita elevar la calidad de su obra. Verbigracia:
un buen escritor, necesita que otros escritores sean buenos, pero no tanto como
ellos; pues de ese modo los demás le sirven para encumbrarse sobre excelentes
muestras del arte de la palabra, sin jamás cederles la cima.
En el
cuento Estrellita nos encontramos con
dos escritores que hacen pareja. Tenemos una mujer amante, que no es amada, la
cual convive con un amado que no la ama, sino que la odia y la envidia, oculto
tras una hipócrita máscara que lo lleva a crear situaciones deleznables,
incluyendo un crimen frío, planificado, propio de la sociedad de nuestro
tiempo, donde ya ninguna manifestación del mal, por tétrica que resulte,
pareciera sorprender a nadie.
Ella
le muestra amor constante, el finge lo mismo para obtener beneficios de ella,
estableciendo una relación de cuerpo-sombra, donde irónicamente ella se
conforma con ser la sombra de él, aunque en la realidad es el cuerpo; él solo
es la sombra, el reflejo de ella un satélite que necesita luz ajena para
brillar.
En la siguiente cita, entre los muchos
casos existentes en el texto, se comprueba nuestra afirmación: la envidia va
precedida de la hipocresía, un sentimiento tal vez más dañino y maquinador:
“Cuando llamaba
en la mañana, contestaba y me decía: Hola rayito de sol, ¿cómo estás?, de
inmediato me daban ganas de mandarla al diablo y decirle: ¡Yo no soy ningún
rayito de sol, al carajo con eso!; ¡además, son las diez y media de la mañana,
ni tan temprano es, tonta, estúpida, mojigata! Sin embargo, me mordía la lengua
y remataba: Hola, mi conejita bella, ¿cómo amaneciste? Ella me respondía lo
obvio y hablábamos babosadas por unos minutos más.” (Medina. 2014. Pág. 13)
Aparte
de la simbiosis odio-amor (según la perspectiva de él) que sostiene a la
pareja, aunque ella pensaba que su relación se basaba únicamente en el amor,
existía otro tipo de relación, no menos sólida:
“Los dos éramos escritores en defensa de la
lengua española… Bueno, ya va, calificarla a ella como escritora es un tanto
benévolo, o más bien malévolo… Ella escribía, por lo tanto, era escritora;
pero, si vamos a eso, a un niño que cursa el primer grado de primaria y que de
hecho escribe todos los días, se le podría llamar escritor también. Creo que se
entiende lo que quiero decir respecto del talento de mi amiguita, mi conejita
bella.” (Medina. 2014. Pág. 34)
Puede
observarse el planteamiento que se hacen tantos escritores en nuestro país, en
tertulias infinitas y desesperanzadas, donde se discute entre otras cosas: ¿por
qué si alguien escribe muy bien, castiga inmisericordemente el lenguaje, exige
verdaderas acrobacias semánticas, semióticas y exegéticas a cada una de las
palabras que emplea, o novedosas metáforas en la infinitud de las posibilidades,
sus obras no son tan vendidas como las de escritores, que aunque manipulan
técnicas avanzadas de mercadotecnia, sus obras sean tan efímeras? En nuestro
país, al igual que en el resto del mundo se dan estos casos.
Volviendo con nuestra pareja, ella hasta
lo desalentaba a él en todo, desde los detalles nimios, hasta la intimidad: “Luego, al mediodía, nos encontrábamos en el
café. Íbamos al centro, comprábamos un par de estupideces para llenar nuestros
respectivos vacíos, yo con libros, ella con libros y perfume y hacíamos el amor
en el aprietabotón, o sea, en el push-botton.” (Medina. 2014. Pág. 34)
Sin embargo, aparte de la hipocresía,
puesto que él finge amarla, la nota más importante era su vida de escritores.
Ella es una escritora prolífica: escribe hasta diez cuartillas por día, lo que
le permite publicar veinticinco novelas en tiempo record y no publicó más,
porque también tenía otros oficios: “asistir a toda reunión literaria y a
viajar dando conferencias, a ser mi compañera, lo que se traduce en cocinar
para mí, compras y mantenimiento en general del hogar, organización de las
cuentas por pagar, y sexo, no grandioso, pero frecuente.” (Medina. 2014. Pág.
34) Él se sabe un escritor de culto, es decir, uno de esos escritores que
exhiben: “un lenguaje precioso y cuidado y, sobre todo, lleno de riesgos y
juego, una novela pletórica de imágenes intensas y vivas.” (Medina. 2014. Pág.
35)
En cuanto a producción, él se siente
frustrado, pues ella, publica mayor cantidad de obras que él, todas son éxitos
editoriales; aunque los editores lo reconocen como mejor escritor que ella; al
respecto, ella hace lo mismo y sin darse cuenta lo hace sentir muy mal (claro
que él lo disimula), cuando dice en cuanta oportunidad tiene de hacerlo que
todo lo que sabe sobre el ejercicio de la escritura lo aprendió de él.
Él tiene una producción novelesca en
notable desventaja con respecto a ella: según su editor, quien le reconoce sus
méritos, aunque tiene el defecto de que, de seguro, no despertará el anhelo
lector de nadie. Así, él mismo nos señala: “Yo, en cambio, escribí dos novelas
de las que, hasta ahora, solo una he conseguido publicar. La otra, la que más
me interesa, para variar, es, según mi agente y algunos correctores de estilo
que trabajan en diversas editoriales, impublicable. Es decir, esta es una
novela póstuma, coincidieron todos los que la leyeron. Habrase visto, hoy en
día ya los del negocio editorial saben qué libro puede ser un éxito de ventas
después de la muerte.” (Medina. 2014. Pág. 34-35)
Ella escribe lo que está de moda: una
saga, cuyo personaje principal se llama Estrellita, que ha sido traducida a
diversos idiomas y de la cual se han vendido millones de ejemplares alrededor
del mundo; que han generado millones de dólares en regalías que ella no tiene
reparos en gastar con él, pues reitero una vez más que ella lo ama tanto que,
inclusive, le ha heredado los derechos de autor, lo cual no ha sido hecho por
él.
El grado de envidia es tal que él le
propone matar al personaje Estrellita, que tanto dinero le ha dado, lo cual
incrementará sus ganancias en el momento, a la vez que acabará con el tema que
le ha dado éxito editorial, para lo cual le propone que la haga morir muy
mayor, rodeada de muchos hijos, nietos y biznietos.
Ella, para complacerlo, acepta. Es entonces, cuando a él se le ocurre una
idea más macabra aún. Le propone que se suiciden ambos, con lo cual sellarán su
gran amor. Ella accede. Él compra él veneno (bebe algo parecido y cae al piso
simulando grandes dolores); ella, al verlo, bebe el veneno real; él la ve
morir, deshace las pruebas y se dedica a disfrutar todo el dinero que ella
tenía).
La obra póstuma de ella se vende de
manera inconmensurable alrededor del mundo; él se deja de escribir y se dedica
a dictar conferencias sobre la producción literaria de la mujer que murió por amor a él. Comienza
a leer las obras que él tanto había criticado y se percata de que no eran de
tan mala calidad como él mismo había pensado.
En este cuento, Javier Medina Bernal
lleva al máximo su particular estilo para lograr efectos inesperados para un
gran número de lectores, quienes, aunque conocen la envidia y sus efectos, se
sorprenden hasta dónde la misma es capaz de llegar.
Considero que la producción literaria de
Javier Medina Bernal, merece un estudio profundo, pues la misma es irreverente
y novedosa, al grado de que capta la atención del lector y lo somete a los
caprichos de su mundo ficcional.
Panamá, 18 de septiembre de 2018.
LECTURA
RECOMENDA
MEDINA
BERNAL, Javier. No estar loco es la
muerte. Panamá: Editorial Mariano Arosemena. 2014.